Tres semanas duras de estudio han pasado. Tres semanas en las que mi poca frecuencia fuera de mis actividades que me obligan a no salir, o a salir poco de mi cueva, han atraído a algo que se mueve en silencio por las terrazas, algo que caza y que se alimenta aquí, algo que no vemos desde el verano.
Hace poco descubrimos que algo estaba pasando, algo venía e iba de un lado a otro por las noches sin percatarnos nosotros de su presencia, ni él de la nuestra.
Todo comenzó sutilmente, un ruido por las largas noches de febrero, algún excremento blanco como la nieve y eso no solo aquí, en todas las terrazas. Transcurrido el mes de marzo, más pruebas aún. Un día temprano casi se cruza con mi madre ya que este se encontraba en una esquina pero desgraciadamente logró esconderse antes de que ella lo viese, pero eso no quiere decir que no lo escuchara.
A los dos o tres días, sobre las once de la noche encontré un buen rastro de una comilona, un desplumadero del intruso que como bien cazador que es le gusta hacerse de notar, y nos dejó a un gorrión macho aniquilado, o mejor dicho, loq ue quedaba de él.
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Esa noche me apresuré a colocar mi cámara de fototrampeo, para ver si lo atrapábamos, pero no hubo suerte.
Lo único que quedaba, eran los ratros de plumas y algún excremento.
Comenzó la busca y captura del intruso que ya había traspasado la línea, se estaba metiendo con el masoca equivo... digo digo, con el pajarero equivocado, ninguna nocturna se me ha resistido y esta tampoco. Comencé así su búsqueda, más o menos sencilla porque ya lo había visto antes por el barrio, así que sabía por dónde iba.
Como toda nocturna que se hace de notar, le gustan sus rinconcitos oscuros donde ponerse por la noche, ¿A qué? Te preguntarás. Pues a diferencia de nosotros que lo hacemos para la intimidad de un acto no muy honrado, (la mayoría, no todos), este bicho sólo lo usa para cazar, cazar cualquier cosa que comer.
Y como buena nocturna deja muchos rastros notorios, sus excrementos blancos como la nieve son la mayor pista de su presencia.
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No tardé mucho más en encontrarlos, estaban en un parque a unos metros de distancia, así como en la calle paralela y otro parque más lejano.
Como es costumbre, los ejemplares marcan sus territorios con estos chapoteos, muy característicos, y justo estaban cerquísima del último lugar donde fue visto.
Solo faltaba planear el encuentro con mi observador, nada fácil porque al ser un lugar público y tener que ir de noche podía ser peligroso, y no me fiaba.
No tuve que moverme mucho cuando unas semanas más tarde, al pasar por el lugar por la tarde, el sonido de alarma de los mirlos me hizo mirar hacia arriba, y darme cuenta del 4x4 que tenía encima, observando como siempre.
Mi amigo el búho chico, que desde el año pasado comparto con el la discreta pasión por volver a verlo.
Estuvo allí un rato, hasta que los mirlos lo hartaron y se fue
Hasta el momento no he vuelto a saber de él, y que importa? Sólo espera el momento preciso para volver por aquí, y yo lo estaré esperando. Observando, como siempre
Un saludo camperos y nos vemos en una próxima entrada.
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